Casa de locos

Quien ha escuchado un disparo sabe que en las películas exageran: el cuerpo nunca sale disparado hacia atrás como si lo aventaran, el sonido es fuerte pero no ensordecedor y el cerebro no pinta de rojo la pared. Lo que pasó más bien fue lento, casi torpe. La silla crujió un poco con el peso del hombre que tuvo tiempo de sentarse antes de morir.

Hice una mueca involuntaria de asco que recompuse de inmediato antes que alguien lo notara.

“Nunca perder el control.

Nunca arrepentirse.

 Nunca dañar la pintura.

Nunca creer que algo es especial.”

Mis compañeros y yo nos abalanzamos sobre el cuerpo para acomodarlo, quitamos las arrugas que se hicieron en la alfombra y ordenamos lo mejor posible el despacho.Yo entrecerré las persianas, prendí la luz de la mesita y alineé la placa metal que identifica al dueño del escritorio: José León Caballero. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Nos faltaban cuatro museos más y apenas era media noche.

Mañana no quedará un solo Goya en Madrid.

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